Enseñar, enseñar, enseñar.
Siempre estuvo en mí. Creo firmemente en que el oro de nuestra alma se expresa en esos primeros tiempos, y que si somos capaces de seguir ese hilo invisible que conecta todo lo que nos apasionaba de niños tendremos la posibilidad de verlo brillar en nuestra vida adulta. Mis diarios íntimos delatan cuánto amaba escribir y mi memoria siempre me trae la imagen de mi mamá escuchándome recitar los poemas que imprimía y le leía mientras ella se emocionaba y me preguntaba asombrada de dónde sacaba esas ideas.
Tenía locura por el cielo; curvaba mi espalda por sobre el respaldo del asiento del medio dejando mi rostro pegado al vidrio para observarlo mientras mi papá manejaba. Decía que quería ser astrónoma y a mis 14 años decidí que el día que tuviera un golden retriever lo nombraría Sky (lo cual se hizo realidad más de una década después).
Ese cielo que tanto me fascinaba se abrió ante mí cuando me hice astróloga sin saber que me llevaría a un profundo entendimiento sobre mí misma, y entre tantas cosas descubrir a mi Luna en Sagitario entrelazada con mi pasión por viajar.
Fue a la vuelta de Tailandia, quizás por tanto templo y tanta calma, que al poco tiempo decidí empezar el instructorado de Yoga, en el año 2017, sin ninguna intención de dedicarme a enseñar -aunque esos juegos de niña con mi bebé latían en mí sin que yo me diese cuenta-. Para ese entonces era profesora de fotografía -quizás fue la falta de ellas en mi infancia lo que me hizo llenar mi vida de imágenes- y fue una difícil decisión cambiar de camino hacia una gran pasión que estaba emergiendo. Siguiendo el común denominador de la enseñanza, empecé a transmitir mis conocimientos sobre el arte del movimiento y la experiencia sobre el cuerpo.
Amo enseñar pero también amo cómo el otro es a la vez mi maestro, en una conexión constante marcada por la búsqueda de la evolución.
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